El Acoso de los Ídolos
Homenaje a los Maestros que han Influido a esta Langosta

12.7.09

Índice V-1.0.1

El Holocausto Pasivo

  • La lluvia de Fuego. Evocación de un descarnado de Gomorra de Leopoldo Lugones. Un cuento pionero de lo fantástico en latinoamérica, escrito en 1906 y que aparece aquí como simple homenaje a este adelantado autor.
  • Borges en la Ciencia Ficción de Gerardo Horacio Porcayo. Ensayo académico que explora en las influencias que Borges tuvo de la CF y en las operaciones de ocultamiento que este autor argentino utilizaba para emplear sus métodos.
  • Borges en el Infierno de Gerardo Horacio Porcayo. Cuento-homenaje a Borges, construído a partir de diez minificciones enlazadas que muestran una postura crítica frente a éste último género.
  • Borges, la CF y sus escritos de Gerardo Horacio Porcayo. Artículo donde Porcayo vuelve, en una perspectiva menos académica, a revisar la relación de Borges con la CF, a partir de sus escritos.
Noveleta en homenaje a Edgar Allan Poe y su cuento Los Hechos En El Caso Del Señor Valdemar. Una posible continuación de esa entrañable historia desde la pluma de Gerardo Horacio Porcayo.
De alguna manera, ahora que Farmer ha partido; también es preciso reconocer que sin el ejemplo de Farmer, esta noveleta no se hubiera escrito. Va también para él.


El Legado Valdemar. Capítulo I. de Gerardo Horacio Porcayo
El Legado Valdemar. Capítulo II. de Gerardo Horacio Porcayo
El Legado Valdemar. Capítulo III. de Gerardo Horacio Porcayo
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22.6.09

Borges, la CF y sus escritos

©2009, Gerardo Horacio Porcayo |

Más allá de las demostraciones que puedan hacerse en torno a la relación de Borges con la Ciencia Ficción (como la ya antes intentada por quien esto escribe) queda algo, mucho más evidente: lo firmado y afirmado por Borges. Esa reconocida relación que generalmente podemos tomar a partir de los nombres emblemáticos de quienes han construido la historia del género que da vida a este blogzine.

Sin embargo, hay un tomo en particular que aborda este tópico; uno escrito a cuatro manos, en colaboración con Esther Zemborian de Torres Duggan. El tomo lleva por título Introducción a la literatura norteamericana y su prólogo fue escrito por la marcuerna en 1967, en Buenos Aires. En la página legal, no se consigna ninguna edición previa a la de 1997 (por EMECE). Por toda explicación, se advierte: "Las biografías literarias se han dejado tal como Borges las publicó en 1967". (Borges, Introducción... 6)

El destino de este libro, por ende, luce del todo póstumo. Uno de los tantos trabajos escondidos que María Kodama diera a conocer tras su muerte (algunas en contra de las disposiciones de Borges, como en el caso de Inquisiciones). Uno en el que, además, resulta un tanto difícil esclarecer hasta dónde llega la pluma de Borges y hasta dónde la de su colaboradora.

Un tomo que, además, desde las primeras páginas nos interpela, primero con la dimensión de su proyecto, ese "resumir tres siglos de actividad literaria en un apretado volumen" (Borges, Introducción... 7) y la particular revisión: "este compendio abarca temas que no se encontrarán en volúmenes más extensos, por ejemplo, el género policial, la science-fiction, los relatos del oeste" (Borges, Introducción... 8). Y justo así llamará la mancuerna al 13º trabajo, ese que interesa a los propósitos de esta reseña.

Ya desde el primer capítulo (o trabajo, si atendemos al hecho de que la construcción de este volumen es modular), desde el intitulado Los orígenes, afirma Borges:

Es lícito declarar, a la manera bíblica, que Edgar Allan Poe engendró a Baudelaire, que engendró a los simbolistas, que engendraron a Valéry, y que toda llamada poesía civil o comprometida de nuestro tiempo procede de Walt Whitman, que se prolonga en Sandburg y en Neruda. (Borges, Introducción... 9)

Palabras que, desde ya, justifican la postura de este sector de la Langosta y el especial lugar que hemos dado a Poe y que Borges y su colaboradora proyectan aún más allá. Primero en el tercer trabajo, intitulado Hawthorne y Poe:

Los cuentos de Poe se dividen en dos categorías, que alguna vez se mezclan: los de terror y los de raciocinio. En cuanto a los primeros, alguien lo acusó de imitar a ciertos románticos alemanes; Poe respondió: "El horror no es de Alemania, es del alma". Los segundos inauguran un nuevo género, el policial (...)

Edgar Allan Poe aplicó a sus cuentos la misma técnica que a sus versos, juzgó que todo debe redactarse en función de la última línea. (Borges, Introducción... 36)

Una técnica que el propio Borges se apropió debidamente (como ya se exponía en el pasado trabajo). Una que continuará analizando en otros cuentos de raciocinio de Poe:

La novela policial ha sido desplazada gradualmente por la novela de espionaje y por las ficciones científicas (science-fiction). Ciertos relatos de E.A. Poe (El caso del Señor Valdemar, La mistificación del globo) ya prefiguran este último género, pero sus más indiscutibles creadores son europeos: en Francia, Julio Verne (...); en Inglaterra, H.G. Wells, cuyos libros tienen mucho de pesadilla. (Borges, Introducción... 135)

Los antecedentes ya conocidos para sus lectores son retomados, redimensionados en esa vía que ya se advertía en el pasado trabajo (que presentara quien esto escribe, en estas pantallas), esa que distingue a los precursores que él modificará y adecuará en vías a crear su propia tradición. Cabe recalcar que estas palabras aparecen firmadas en 1967, momento en que Borges ya ha apaciguado su vínculo con esa idea que él mismo cimentara y que Bloom acabara de redondear con el nombre de "La Angustia de las Influencias", ese que le permitiera escribir su autobiografía ficticia para 2074 [Cfr. Borges en la Ciencia Ficción y/o Epílogo (Borges, OC 1143)].

Tras la anterior cita, la pluma de Borges parece difuminarse y ser sustituida por otra que cree de manera más firme en las reseñas y en la utilidad de los razonamientos instrumentales. Hay un abordaje a la primacía de las revistas (sobre los libros) como medio de publicación de la CF, una visita biográfica a Gernsback y su fundación de Amazing Stories y una explicación, de confusa marca borgesina:

No se trata de un género popular; los lectores son, en general, ingenieros, químicos, hombres de ciencia, tecnólogos y estudiantes, con un predominio notable de hombres. Su entusiasmo suele llevarlos a agruparse en clubs que abarcan todo el ámbito del país y se cuentan por decenas. Una de estas federaciones se llama, no sin humorismo"Los pequeños monstruos de América". (Borges, Introducción... 136-137)

Palabras que parecen utilizar un catálogo en exceso fácil y un procedimiento episódico poco común en Borges. Palabras que, de pertenecer al maestro, señalarían su negativa a aceptar lo comercial, lo popular como marca intrínseca de la CF.

A partir de este instante, toda estrategia de análisis recaerá en revisiones biográficas que tampoco parecen atender a los métodos de Borges. Si bien la primera opción es una semblanza a Lovecraft (a quien Borges homenajeara en su cuento There are more things, publicado en su volumen El Libro de Arena), el extremo resumen tampoco parece obedecer a su estilo, ni a los elementos que él prefería. Un párrafo es destacable en la revisión a Lovecraft:

Estudiosamente imitó el patético estilo y las resonancias de Poe y escribió pesadillas cósmicas. En sus relatos hay seres de remotos planetas y de épocas antiguas o futuras que moran en cuerpos humanos para estudiar el universo o, inversamente, almas de nuestro tiempo que durante el sueño exploran mundos monstruosos, lejanos en el tiempo y en el espacio (Borges, Introducción... 137-138)

Más allá de que este repaso a sus temáticas pudiera reseñar el cuento largo La sombra más allá del tiempo de Lovecraft, tal acercamiento carece de un objetivo explícito y, en contraste a lo aquí plasmado, se hace, de inmediato, la recomendación de las obras El color que cayó del cielo, El horror de Dunwich y Las Ratas en las paredes, obras que no ejemplifican de ninguna manera lo antes descrito por el maestro (si es que no se ha fallado en identificar su escritura). Dos de ellas, además, son novelas y si tomamos en cuenta la declarada aversión de Borges (en su atobiografía) por las obras de largo aliento, la idea luce más diáfana: el libro parece más una reconstrucción a partir de senderos dictados por Borges a Esther Zemborian, que un verdadero trabajo en colaboración (compárese la Zoología Fantástica o los cuentos de Bustos Domecq, y será visible el ánimo colaborativo de Borges que hace, de común, indistinguibles sus párrafos de los de sus colaboradores).

El trabajo, sin mediar párrafo introductorio o correlativo, pasa sin más a la revisión biográfica de Heinlein (donde no es distinguible ningún rasgo borgesino) y continúa con Van Vogt, de quien al parecer señala:

Uno de sus temas preferidos es el de un hombre que no sabe quién es y que va en busca de sí mismo sin lograr del todo su intento. Lo mecánico le interesa menos que lo mental. Su obra se inspira en las matemáticas, en la lógica, en la semántica, la cibernética y la hipnosis. Lo heterogéneo de estas fuentes ha hecho que los puristas de la science fiction lo acusen de heterodoxia. (Borges, Introducción... 139-140)

Borges, conocedor puntilloso, analista de métodos y formas de trabajo, destaca aquí (al parecer) su íntegro conocimiento de los usos y abusos en los lectores de CF. El hecho de resaltar la clasificatoria de heterodoxia a Van Vogt, parece aportar otra razón a su búsqueda permanente de deslindar su escritura de la etiqueta CF. Proponerse lo contrario: ser aceptado como cultivador de CF, no sólo lo habría puesto en el trance que muchos cultivadores latinoamericanos han enfrentado: ese menosprecio de la crítica por escribir un género importado, muy vinculado con lo comercial y poco semejante al modelo norteamericano. Uno que, en su estrategia para combatir la "Angustia de las Influencias" prefierió deformar hasta hacerse aparecer a sí mismo como reformador de lo fantástico (en su biografía ficticia, en el Epílogo a sus obras completas de 1974), en lugar de cultivador de un género que quizá, como el periodismo, pueda desaparecer en 2074.

Finalmente el apartado de CF de este 13º estudio, concluye con una revisión a Bradbury (autor a quien prologó en sus Crónicas Marcianas, circa 1954), una que va de la razón instrumental, a un remate más acorde a Borges:

Bradbury ve en la conquista del espacio una extensión de la mecanización y del tedio de nuestra cultura contemporánea. En su obra asoman la pesadilla y a veces la crueldad, pero ante todo la tristeza. Los porvenires que anticipa nada tienen de utópicos, son más bien advertencias de peligros que la humanidad puede y debe eludir. (Borges, Introducción... 141)
El volumen, por supuesto, no se ciñe a lo aquí reseñado. Incluso del trabajo Nº 13, se han eliminado las aproximaciones a lo policiaco y al western con miras a centrarnos sólo en la relación de Borges con la CF. El propósito, lejos de buscar una desacreditación del tomo, busca ahondar en esa cercanía genérica. Una, en el caso del libro núcleo de este trabajo, ceñida exclusivamente a la literatura norteamericana, una que olvida, por propósitos intrínsecos, otras apreciaciones, otras opiniones ya esgrimidas y pertenecientes a otras latitudes.

Y, desde este punto de vista, cabe señalar que ya en 1965, Borges había escrito la Nota Preliminar a Hacedor de Estrellas de Olaf Stapledon (autor nacido en Liverpool); obra y autor que consideró fundamentales:

Wells alterna sus monstruos —sus marcianos tentaculares, su hombre invisible, sus proletarios subterráneos y ciegos— con gente cotidiana: Stapledon construye y describe mundos imaginarios con la precisión y con buena parte de la aridez de un naturalista. Sus fantasmagorías biológicas no se dejan contaminar por percances humanos.

En un estudio sobre Eureka de Poe, Valery ha observado que la cosmogonía es el más antiguo de los géneros literarios; pese a las anticipaciones de Bacon, cuya Nueva Atlántida se publicó a principio del siglo XXVII, cabe afirmar que el más moderno es la fábula o fantasía de carácter científico. Es sabido que Poe abordó aisladamente los dos géneros y acaso inventó el último; Olaf Stapledon los combina en este libro singular. (...) La mayoría de los colegas de Stapledon parecen arbitrarios o irresponsables; éste, en cambio, deja una impresión de sinceridad pese a lo singular y a veces monstruoso de sus relatos. No acumula invenciones para la distracción o el estupor de quienes lo leerán; sigue y registra con honesto rigor las complejas y sombrías vicisitudes de su sueño coherente. (Borges, Nota... 8)

Borges, como al abordar el trabajo de Poe, distingue sesgos en los procedimientos de la Ciencia Ficción (aún cuando la menciona con variantes nominales), primero en esa estrategia de pensamiento que Eco señalaba procedente de Peirce: en el razonamiento abductivo, en esa voluntad de seguir y registrar con honesto rigor las complejas y sombrías vicisitudes de su sueño coherente. En esa voluntad de negarse también al procedimiento comercial de acumular invenciones para la distracción o el estupor de quienes lo leerán.

No es, por supuesto, el único procedimiento que respetará y reconocerá en el género (aunque quizá sea el que más empleará en sus propias ficciones), su prólogo a Crónicas Marcianas, transluce su vínculación con procedimientos poéticos de la CF cuando afirma:

Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la épica, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegiaco. (Borges, Prólogo 8)

Hay una opción, una manera de contar, una que no obedece a los extremos de la guerra, a los adrenalínicos deseos de abandonar, con Ortega y Gasset, ese "yo y su circunstancia", pero que tampoco, favorece, de manera preferencial el razonamiento abductivo. Una forma que sigue (de acuerdo a Eco en sus Apostillas al nombre de la Rosa) el hábito del romance (como género literario, desde la perspectiva europea; apenas un sesgo de la novelística) de trasladar a escenarios ficticios (una idealizada Edad Media y/o una ínsula fantástica, al estilo del Amadís de Gaula), dramas o simples historias humanas.

En este sentido, párrafos más adelante, Borges concluye:

¿Cómo pueden tocarme estas fantasías de manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo "fantástico" o a lo "real", a Macbeth o a Rashkolnikov, a la invasión de Bélgica en 1914 o a una invasión de Marte. ¿Qué importa la novela, o novelería, de la science-fiction? (Borges, Prólogo 9)

Nada, parece responderse a sí mismo cuando, en las siguientes oraciones, tras el mismo cierre del signo de interrogación, describa esa transposición de realidades, esa operación simbólica de la CF (y del romance), de sustituir escenarios para hacer más evidente el tema:

En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street. (Borges, Prólogo 9)
Borges, pues, no descarta de ninguna manera al género de la CF. Se aleja de su etiqueta, se acerca a ella en sus procedimientos narrativos y reforma, reconstruye para Latinoamérica, para el mundo entero, el estado ideal (o simplemente inicial) de la literatura, donde todo era sólo literatura, sin géneros, sin límites o fronteras. Quizá se adhiriera a la etiqueta de "lo fantástico" en obvia respuesta a la moda del realismo crítico que imperaba en la crítica de aquellos tiempos (y que implicara política, socialismo, partidismos que tampoco nada tenían que ver con la misma literatura). En oculta estrategia que le permitiera avanzar por la narrativa sin tener que luchar por la legitimidad de su género.

Más allá de la búsqueda de un reconocimiento inmediato, por ósmosis, de la crítica a ese género (y por ende a sus cultivadores), lo que este trabajo busca destacar es ese ánimo vital, insustituible que Borges encontrara dentro de la CF.

Borges cultivó la CF en sus textos. Nos dio su propia versión, sus perspectivas críticas.

Nuestra es la tarea de seguir adelante, paso a paso, con su ejemplo, a partir de él, divergente de él, pero, al fin y al cabo, seguir.

Por eso, también, este blogzine se ha negado a conservar su viejo lema: CF sin fronteras y lo ha sustituido por el otro, homenaje a este gran adelantado, salida espontánea, búsqueda de vuelo sin ataduras: Literatura Sin Límites.

De Borges se ha escrito mucho. Se seguirá escribiendo. Esto es sólo una aproximación, una invitación a seguir sin partidismos ni etiquetas, el desarrollo de un género.


Trabajos Citados

Borges, Jorge Luis. Introducción a la literatura norteamericana. EMECÉ editores, Bs. As., 1997.
— — —. "Nota Preliminar" en Stapledon, Olaf. Hacedor de estrellas. Editorial Minotauro, Bs. As., 1976.
— — —. Obras Completas. 1923-1972. EMECÉ Editores, Bs. As., 1974.
— — —. "Prólogo" en Bradbury, Ray. Crónicas Marcianas. Editorial Minotauro, México, 1985.
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15.6.09

Borges en el Infierno

©2008, Gerardo Horacio Porcayo |

1
Nada correspondía a las descripciones de Dante o Milton pero su esencia era innegable.

—¿Por qué se me condena? —preguntó Borges, cargado de cadenas, frente al Oscuro Trono.

La cornada, evanescente figura; cabizbaja, sin triunfalismos, al fin concedió:

—Por ser el engendrador de la pereza narrativa. Por tu aberrante fábrica de ensayos sobre novelas inexistentes. Por no escribirlas. Por contribuir, en pocas palabras, al nacimiento de esa nueva especie literaria. Por ser el padre virtual del minicuento.

2
Y cuando despertó, Augusto Monterroso serguía ahí, a su lado, retorciéndose.

—Fallé en imaginar la eternidad, también algunos de sus tormentos —comentó Borges.

—Lo mismo puede decirse de mí: fallé en fabular literatura y sociedad —contestó, gimiente—. Mírame ahora, reducido a perfeccionar las tareas de Onan, a través de esta pluma, esta máquina de escribir.

—¿Cual fue tu pecado?

—Volverme ícono de los minicuentos. O en Sus palabras: promover la narrativa de eyaculación precoz. Por eso este tormento.

3
—Ya me decía yo que no podías faltar en este infierno —dijo Borges, encadenado a una biblioteca viva de sus más odiadas ficciones, mientras recitaban sus más abominados pasajes—. Hubiera sido injusto no considerar tus poemínimos como minicuentos.

Efraín sonrió y una coreografía de diablesas se distendió a su alrededor en un despliegue lúbrico, festivo, adorante hacia Huerta.

—No te equivoques —respondió el poeta—, fui condenado por el de arriba. El amo de este lugar me ha dado una baronía en premio por pervertir la poesía.

4
—Sigo sin entender por qué eres parte de mi castigo —dijo Borges a Efraín Huerta.

—No hay ningún secreto. Al menos no aquí. Los peores castigos son para los literatos espurios por una simple razón: la narrativa lo es todo para el amo de este fuero. Por eso, también, la Biblia es en verso. Dios no lo condenó por pretender usurpar su lugar. Lo condenó por fabricar un universo distinto, en la primera novela que escribiera.

5
Siempre supo que serían sus únicos paraísos. Esos, los perdidos.

Lo terrible no era ese conocimiento. Era mirar, en esos eones que constituían cada día, repetidas una y otra vez en las paredes, las historias de su matrimonial vida, como si fueran proyecciones de cinematógrafo.

Tras una suma de horas computable en la categoría de lo infinito, Borges al fin gritó:

—No puedo soportarlo más. Lo peor es que parecen minicuentos.

—Ya que lo has comprendido, es hora de pasar a otro tormento —respondió su carcelero.

6
—Mis hexámetros me trajeron a este reducto. Hasta que llegaste tú, vivía otro tipo de tormento —dijo el poeta ciego, despatarrado, desnudo, con los miembros rotos.

Al otro lado de un charco de aguas barrosas, Borges, en similar estado, con la garganta hecha un desierto, respondió con voz apenas audible:

—Es mi culpa. Yo imaginé este encuentro.

—Entonces tú eres mi heredero. El amo de estos dominios me condenó por eso, hace tiempo. Aseguró que sólo la palabra de mi seguidor me daría la baronía a la que aspiro. Me haría merecedor de mi premio por iniciar lo que algún vez sería el género novelístico. ¿Qué nombre me diste en esa ficción?

—Argos...

—No en balde esta vida de perro —dijo Homero y con cada palabra, fue desapareciendo.

7
Su más temido infierno se concretaba en esa cámara de azogues. Su figura multiplicada, la felicidad destellando en cada superficie reverberante.

Mil copias de Borges en una fábrica contínua, desbocada de novelas de variopinto género. Cada una susurrando, a la usanza de los poco educados, cada palabra escrita, sin descanso, sin término, sin fallar en recordarle cada uno de los argumentos por él desechados, por él dejados a un lado en arrebatos de puritanismo literario.

8
—Postular tu entidad me ha traido a la par la gloria y el infierno —le dijo Borges al tomo, mientras estiraba sus engarrotados dedos.

Hacía eones que sustituyera su caligrafía estrecha y minúscula por una de amplios y sueltos caracteres. Hacía el mismo tiempo que suspendiera sus intentos de relectura, su exigencia de continuidad tras la prueba de que, tal como en su ficción, las hojas se extraviaban en el infinito volumen, una vez pasadas.

Se tronó los dedos y esperó resignado el latigazo de su carcelero. A cambio escuchó su voz:

—Tiene visita desde el Pandemonium.

—Felicidades por su novela número cien, maestro —dijo Cortázar, sonriente, vestido de gala, cargado de joyas y medallas al mérito—. Y he de agregar, todas son perfectas Rayuelas.

9
—De Rayuela y tus otras novelas, lo entiendo —argumentó Borges, tratando de extender ese lapso sin recriminaciones y torturas—. Pero, ¿cómo has hecho pasar tus Cronópios y Famas? ¿Cómo, para lucir este extremo de gala?

—Y qué sé yo. Dejále eso a él. Mi teoría es que se ha reído un buen rato.

—¿Acaso debería, entonces, intentar ahora el humor?

—Ché, vos me publicaste el primer cuento, pero no me diste cátedra. Lo más que digo es que vos deberías disfrutar esto. Tenés la eternidad y suficientes páginas para pasártela monstruo... Mejor cebemos mate.

Tan pronto salió Cortázar, en el látigo de su carcelero, Borges descubrió el nuevo argumento. Y siguió escribiendo.

10
—Imagino que también eres parte de mi castigo —dijo Borges a Ítalo Calvino—. Tus galas anuncian algo más que una ducanía.

—Quizá algo menos, maese. He sido condenado a extender el infierno.

—Un castigo en verdad creativo. Un agregado para torturar mi consciencia.

—No es esa la razón de mi visita. El amo de estos dominios ha reconsiderado tu condena.

Los carceleros liberaron a Borges del volumen de arena, de sus grilletes y cadenas.

—Compartirás mi destino. Mi tarea es describir las invisibles ciudades del infierno, para dilatar su fuero.

—Y la mía, ¿acaso sea contar a detalle los pormenores de Tlön y Orbis Tertius?

—Tu lo has dicho... De nuestro resultado depende la calidad de nuestro premio.

Y cabalgaron juntos hacia oriente, hacia la senda de bifurcados senderos.
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14.6.09

Borges en la Ciencia Ficción


©2009, Gerardo Horacio Porcayo |

Jorge Luis Borges, nombre imprescindible para toda academia de literatura latinoamericana, cliché recurrente del buen lector entre sus obras preferidas, estrella de un cielo esquivo que no termina de contagiar a todos los convidados de la lectura, aun a 23 años de su navegar hacia otras costas, brilla único e inequiparable en el firmamento de las letras.

Y brilla con luz propia, en lo absoluto opacada por los aparatos de la crítica.

El maestro ciego, guía por excelencia en los laberintos, reformador de la literatura en Latinoamérica, no sólo fue lector de ciencia ficción a lo largo de su vida, también la cultivó, con esa gracia especial, con esa operación de encubrimiento a través de añadidos de misterio, de extrañas veladuras que hacían casi invisible la temática, el tratamiento entero que diera a cada uno de sus trabajos de fantástico sesgo.

Quien esto escribe, leyó por primera vez (a los 17 años) a Borges bajo la etiqueta de CF, no porque el libro la ostentara como marca clasificatoria, sino por la oferta entera que José Luis Avendaño (tío político) hiciera al prestarle el volumen El Aleph. Oferta que luciera sospechosa en ese libro de tapas duras con el rimbombante slogan Obras Maestras del Siglo XX.

Aún con las sospechas casi en calidad de verdades, quien esto escribe, se aventuró a una lectura extrema, complicada, que lo llevara al éxtasis. El Inmortal y el mismo Aleph constituyeron el pasaporte entero a su universo.

Ese paso no fue siemple y, a cada avance, a cada nuevo enfrentar sus libros, algo se hacía evidente: Borges escribía una Ciencia Ficción, en un registro tan sutil que sus raíces, sus estrategias, desaparecían de la atención del lector. Durante la redacción de la tesis de maestría de quien esto escribe, la tentación de tratar ese tópico fue insoslayable. Lo que sigue a continuación es apenas extracto y resumen de lo ahí asentado.

Más que un miedo, más que un prurito académico, lo que parece transparentar toda su metodología narrativa no es sólo esa voluntad de inmortalidad, sino el mismo resquemor que la sola etiqueta popular le ocasionaba. Ya en su introducción a La invención de Morel de Bioy Casares, aseguraba:

En español, son infrecuentes y aun rarísimas las obras de imaginación razonadas. Los clásicos ejercieron la alegoría, las exageraciones de la sátira y, alguna vez, la mera incoherencia verbal; de fechas recientes no recuerdo sino algún cuento de Las fuerzas extrañas y alguno de Santiago Dabove: olvidado con injusticia. La invención de Morel (cuyo título alude filialmente a otro inventor isleño, a Moreau) traslada a nuestras tierras y a nuestro idioma un género nuevo.(Borges, "Prólogo" 8)

Palabras que si bien connotan el género de la Ciencia Ficción, también buscan encubrirlo, desaparecerlo en una operación interesante; una que el autor mantendrá casi invariable, aun cuando aborde a uno de sus maestros: H.G. Wells.

Las razones que acabo de indicar me parecen válidas, pero no explican por qué Wells es infinitamente superior al autor de Héctor Servadac, así como también a Rosney, a Lytton, a Robert Paltock, a Cyrano o a cualquier otro precursor de sus métodos. (Borges, OC 697)

Estas palabras publicadas en 1952, en el libro Otras Inquisiciones (el trabajo citado quizá fue escrito con anterioridad, aunque es el único del volumen que carece de fecha), hacen evidente la reticencia del autor argentino a clasificar el género que Wells escribía. A cambio nos habla de sus "métodos", de una característica que Borges considera privativa del género: la estrategia narrativa, la metodología para narrar historias. Metodología que hará suya, transformará en parte fundamental de su propia estrategia narrativa, de acuerdo a los análisis de Umberto Eco:

El mecanismo de las historias de don Isidro anticipa el mecanismo fundamental de muchas otras historias (posteriores) de Borges, tal vez de todas. Llamaré a ese mecanismo (y lo explicaré en el párrafo siguiente) el mecanismo de la conjetura en un universo spinoziano enfermo.

Borges parece haber leído todo (y más aún, ya que ha reseñado libros inexistentes). No obstante, supongo que no debe de haber leído nunca los Collected Papers de Charles Sanders Peirce, uno de los padres de la semiótica moderna. Podría equivocarme, pero me fío de Rodríguez Monegal y no encuentro el nombre de Peirce en el índice onomástico de su biografía de Borges. Si me equivoco, estoy bien acompañado.

En cualquier caso, haya leído Borges a Peirce o no, no me importa. Me parece un buen procedimiento borgiano suponer que los libros se hablan entre sí y no es necesario que los autores (a quienes los libros utilizan para hablar: una gallina es el artificio que un huevo utiliza para producir otro huevo) se conozcan. El caso es que muchos de los relatos de Borges parecen ejemplificaciones de ese arte de la inferencia que Peirce llamaba abducción o hipótesis y que no es sino la conjetura.

Razonamos, decía Peirce, de tres modos: por Deducción, por Inducción y por Abducción. (Eco 177-178)
Y este procedimiento abductivo es el que Eco destaca como definitorio de la ciencia ficción:

En otros términos, la ciencia-ficción es una narrativa de la hipótesis, de la conjetura o de la abducción y en ese sentido es juego científico por excelencia, dado que toda ciencia funciona mediante conjeturas, esto es, abducciones. (Eco, De... 189)
En otras palabras, Borges realiza gran parte de su narrativa echando mano de un procedimiento lógico también empleado por la Ciencia Ficción, hecho que alcanza una cima interesante cuando, a manera de epílogo, escribe la nota final a sus obras completas de 1974:

A riesgo de cometer un anacronismo, delito no previsto por el código penal, pero condenado por el cálculo de probabilidades y por el uso, transcribiremos una nota de la Enciclopedia Sudamericana, que se publicará en Santiago de Chile, el año 2074. Hemos omitido algún párrafo que puede resultar ofensivo y hemos anticuado la ortografía, que no se ajusta siempre a las exigencias del moderno lector. Reza así el texto:

"BORGES, JOSÉ [sic] FRANCISCO ISIDORO LUIS: Autor y autodidacta, nacido en la ciudad de Buenos Aires, a la sazón capital de la Argentina, en 1899. La fecha de su muerte se ignora, ya que los periódicos, género literario de la época, desaparecieron durante los magnos conflictos que los historiadores locales ahora compendian. (Borges, OC 1143)
Coqueteo futurista que responde a las estrategias, las convenciones de la Ciencia Ficción. Coqueteo, juego intelectual que ahonda, adelanta sus búsquedas como autor en el plano de la literatura fantástica. Borges se hace figurar a sí mismo, en estas páginas, en un tiempo futuro, como el reformador de esta rama literaria. Un reformador que trata de eliminar toda aspereza a sus precursores, alejándolos de toda etiqueta comercial, de todo aquello que pueda afectar su nueva fama.

De manera específica Pablo A. J. Brescia aborda el tema en su ensayo Los (h)usos de la literatura fantástica:

De Wells proviene una de las pocas leyes que Borges cree necesarias en la narración fantástica: “Ya Wells había dicho que conviene para convencer al lector que haya un solo hecho fantástico en un cuento y que lo demás sea cotidiano” [La literatura fantástica 6; énfasis mío]. Éste momento es fundamental ya que Borges está creando a sus precursores, es decir, está construyendo el contexto para la lectura de sus propios textos. (Brescia 147)
En otras palabras, Borges está diseñando su propia tradición, aleccionando a sus lectores en la mirada que han de ensayar sobre su obra. Borges se nutre de Ciencia Ficción, emplea parte de sus estrategias, pero durante un tiempo trata de evadir la etiqueta, toda referencia directa a ese desprestigiado 'subgénero'. Avanza y se repliega, pues, en ediciones posteriores de su obra completa, este citado Epílogo será extirpado, eliminado como referencia directa a su obra, aunque el prurito —quizá debido a la fama que ya lo acompaña— ha desaparecido de las obras que ama. Basta revisar el conjunto de sus prólogos a la colección Biblioteca de Babel que entre 1983 y 86 publicara editorial Siruela, para comprobar que ya no lo amedrenta clasificar algunos de esos libros favoritos como pertenecientes a la "Ficción Científica" (traducción adecuada del término Science Fiction, no la forma tradicional que, si bien ignora las reglas gramaticales, ha tenido mayor popularidad: Ciencia Ficción).

En su libro de ensayos Otras Inquisiciones, en el trabajo dedicado a Hawthorne, Borges mismo explica esta dinámica de la creación de precursores:

Aquí, sin desmedro alguno de Hawthorne, yo desearía intercalar una observación. La circunstancia, la extraña circunstancia, de percibir en un cuento de Hawthorne, redactado a principios del siglo XIX, el sabor mismo de los cuentos de Kafka que trabajó a principios del siglo XX, no debe hacernos olvidar que el sabor de Kafka ha sido creado, ha sido determinado, por Kafka. Wakefield prefigura a Franz Kafka, pero éste modifica, y afina, la lectura de Wakefield. La deuda es mutua; un gran escritor crea a sus precursores. Los crea y de algún modo los justifica. Así ¿qué sería de Marlowe sin Shakespeare? (Borges, OC 678)
El acercamiento de Carlos Gamerro a la obra de Bloom, puede ser útil para esclarecer aún más este fenómeno:

Un hijo-efebo que consigue modificar para siempre nuestra manera de leer a su padre-precursor se convierte de alguna manera en creador de su precursor, en padre de su padre.

Crear al precursor. De esto trata el texto «Kafka y sus precursores», de Borges. Este enumera una serie de obras y autores que hoy nos resultan «kafkianos»: Zenón y su paradoja contra el movimiento, un texto sobre los unicornios debido a un apólogo de un prosista chino del siglo IX, dos parábolas religiosas del filósofo danés Kierkegaard, un poema de Robert Browning, un cuento de León Bloy y otro de lord Dunsany. Nuestra lectura de Kafka, afirma Borges, refina y desvía nuestra percepción de estas obras. Ya no las leemos como se leyeron en su tiempo, como las leyeron por ejemplo quienes las escribieron. Lo más significativo, agrega Borges, es comprobar que si bien todas estas obras se parecen a Kafka, no se parecen entre sí: Kafka ha hecho un conjunto de lo que antes era una dispersión de obras disímiles. Un gran autor, concluye Borges, crea a sus precursores, o en términos de Bloom, convierte a sus padres en sus hijos.

(...) La relación de influencia que más le interesa a Bloom, en cambio, es la que se establece entre un precursor fuerte, titánico, y un efebo fuerte, a veces tan fuerte como él, pero condenado, por el único pecado de haber llegado más tarde, a ser un segundón de la literatura. En estos casos, la actitud hacia el gran precursor es de admiración, rivalidad, miedo, a veces odio: ahora sí, estamos en el terreno de la angustia de las influencias. (Gamerro 13-14)
Borges de hecho, concluye tal trabajo pronunciándose respecto a los precursores:

En el vocabulario crítico, la palabra precursor es indispensable, pero habría que tratar de purificarla de toda connotación de polémica o rivalidad. El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres. El primer Kafka de Betrachtung es menos precursor del Kafka de los mitos sombríos y de las instituciones atroces que Browning o Lord Dunsany. (Borges, OC 711-12)
Borges presenta batalla a su "angustia de las influencias", encara el hecho y lo modifica a tal punto que se atreve a hablar del proceso mismo, a solicitar la "purificación" del término precursor; solicitud que la mancuerna Bloom-Gamerro, parecen haber aceptado, emprendido (Cfr. cita anterior) y analizado en la obra misma de Borges:

El caso de Pierre Menard ilustra el predicamento del escritor tardío: aun cuando lograra reproducir la creación del precursor, su obra, por venir después, no será valorada de la misma manera. «Componer El Quijote a principios del siglo diecisiete», razona Menard, «era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, por mencionar uno solo: el mismo Quijote.» (Gamerro 15)
Pierre Menard..., coincidentemente, es el evento (y el segundo cuento que Borges escribe) que lo pondrá en definitiva por el camino de la narrativa. Antes de ellos su producción se encaminaba por los géneros de poesía y ensayo:

El día de Nochebuena de 1938 (año en el que murió mi padre) sufrí un grave accidente. Subía corriendo una escalera, y de pronto sentí que algo me raspaba la cabeza. Había rozado la arista de un batiente recién pintado. A pesar de que fui atendido en seguida, la herida se infectó y pasé alrededor de una semana sin dormir, con alucinaciones y fiebre muy alta. Una noche perdí el habla y tuvieron que llevarme al hospital para una operación urgente. Tenía septicemia, y durante un mes me debatí entre la vida y la muerte. Mucho después escribiría sobre eso en mi cuento “El Sur”.

Cuando empecé a recuperarme temí haber perdido la razón. (...) Poco después me atemorizó la idea de no volver a escribir nunca más. Había escrito una buena cantidad de poemas y docenas de artículos breves, y pensé que si en ese momento intentaba escribir una reseña y fracasaba, estaría terminado intelectualmente. Pero si probaba algo que nunca había hecho antes y fracasaba, eso no sería tan malo y quizá hasta me prepararía para la revelación final. Decidí entonces escribir un cuento, y el resultado fue “Pierre Menard, autor del Quijote”.

Al igual que su precursor, “El acercamiento a Almotásim”, “Pierre Menard” era todavía un paso intermedio entre el ensayo y el verdadero cuento. Pero los resultados me alentaron a seguir. Después intenté algo más ambicioso: “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, acerca del descubrimiento de un mundo que finalmente sustituye al nuestro. Ambos fueron publicados en “Sur”, la revista de Victoria Ocampo. (Borges, Autobiografía 109-110)
Borges asume su camino narrativo sólo tras una experiencia traumática. Y lo asume contraatacando a ese primer padre literario, al Quijote, para después sumergirse de plano (tras ese simbólico parricidio literario o, de acuerdo a Bloom, tras ese intercambio de papeles con el padre) en la arista fantástica, en Wells, en toda esa biblioteca que carga en las neuronas y que rediseñará en sus ensayos.

Borges, en este sentido, es el autor donde más claramente podemos percibir la influencia de las nuevas corrientes literarias, la influencia de los 'subgéneros' que logran hacer tanta mella en él, que los asume como propios. Y en este sentido sobra señalar la apropiación realizada en torno al género policiaco y la nula afrenta que tal etiqueta le provocaba, en gran parte por el prestigio de autores como Chesterton, e, incluso, Dostoievski.

Bloom mismo reconoce en su Canon de Occidente:

Maestro de laberintos y de espejos, Borges fue un profundo estudioso de la influencia literaria, y como escéptico más interesado por la literatura de imaginación que por la religión o la filosofía, nos enseñó a leer dichas especulaciones primordialmente por su valor estético. Su curioso destino como escritor y como principal inaugurador de la literatura hispanoamericana moderna no puede separarse ni de su universalismo estético ni de lo que supongo deberíamos calificar de agresividad estética. Releerle ahora me fascina y anima, más incluso que hace treinta años, pues su anarquismo político (como el de su padre, bastante moderado) es de lo más tonificante en esta época en que el estudio de la literatura se ha politizado totalmente, y uno teme la creciente politización de la literatura misma. (Bloom 474-475)
Más allá de los apuntes en torno a lo fantástico que traza en estas líneas Bloom, es digno de destacarse el señalamiento de una literatura escrita al margen de lo político, escindida de ese ramo y que por lo mismo se vuelve universal; no tanto por una coincidencia de opiniones, sino por el tono de alarma que parece producir en Bloom esa "creciente politización de la literatura misma".

Borges, como toda su literatura, es un ejemplo extremo, singular, en lo absoluto vinculado con el promedio de los autores destacados.

Borges se afirma a cada paso, a cada año gastado, a través de su pluma. Tlön Uqbar Orbis Tertius era un universo que se colaba y poco a poco iba sustituyendo al nuestro. Internet, hoy en día es eso.

Reducir a lo anterior la maestría de Borges sería de ineptos. Reducir toda literatura prospectiva o fantástica a mera labor de adivinos es lo que sigue deteriorando el justo prestigio a la literatura que esta Langosta prefiere.



Borges, Jorge Luis. Autobiografía (1899-1970). Editorial El Ateneo, Bs.As., 1999.
— — —.Obras Completas. Emecé Editores, Bs.As., 1974.
— — —. La biblioteca de Babel. Prólogos. Emecé editores, Bs. As., 2000.

Bloom, Harold. El canon occidental. Editorial Anagrama, Barcelona, 1997.

Brescia, Pablo A. J. "Los (h)usos de la literatura fantástica" en Lira Coronado, Sergio René ( Ed ). Literatura Fantástica, número monográfico de la revista Escritos #21. Ed. BUAP, México, 2000.

Eco, Umberto. De los espejos y otros ensayos. Editorial Lumen, Col. Palabra en el tiempo # 173, Barcelona, 1988.

Gamerro, Carlos. Harold Bloom y el canon literario. Ed. Campo de Ideas, Madrid, 2003.
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13.6.09

La lluvia de fuego. Evocación de un desencarnado de Gomorra

©1906, Leopoldo Lugones |

Y tornaré el cielo de hierro y la tierra de cobre.
Levítico, XXVI - 19


Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.

Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...

A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá —partículas de cobre semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no decrecía. Únicamente los pájaros de mi pajarera cesaron de cantar.

Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre ardía de tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.

Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel cobre? ¿Era cobre?...

Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.

En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido para evitar el sol, me resguardaba...

¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude descubrir.

En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.

¡Diez años me separaban de mi última orgía! Desde entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin frecuentarlo.

La vasta ciudad libertina era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres. Escasos amigos; breves visitas; largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros; una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...

Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio, dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho —lo digo sin orgullo— a un busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un nuevo beso.

Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.

De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un grito. Llegó, no obstante, a la mesa; pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera contener sus ayes.

Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente me había desconcertado.

Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya sembrado de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El tráfico estaba paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo, de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón, casi unos sobre otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un cataclismo.

Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella limpidez del cielo no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre —pero el firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces que acababa precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de antigüedad, mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del mañana?...

¿Huir? . . . Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...

Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco visible, debía ser general.

No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.

En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella, advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía, doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.

Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario la animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos afanosos recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.

Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que sonreí vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante coselete, paseaban su indolencia sudando perfumes. Un viejo lenón erguido en su carro manejaba como si fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores monstruosos de fieras: ayunta-mientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.

Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los patios, con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas. También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas.

Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al son de crótalos de bronces, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi ciudad sabía gozar, sabía vivir. Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida. La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso. Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse flores y gatitos de dulce. El césped de los parques palpitaba de parejas.

Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño.

Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.

La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire Por fortuna, mi casa estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.

Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era de una paralización mortal; y por entre aquéllas se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.

Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había ido. Envueltas las piernas en un cobertor de viso, acorazándome espaldas y cabeza con una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas. Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis nervios, me di cuenta de que estaba perdido.

Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor claro e insípido, de efectos instantáneos.

Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.

Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde allá lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.

Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá.

Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá, habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina, con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.

Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemaba en sus domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles en la campiña desolada; y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror, de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo, la quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente. Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa. No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego, el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban, gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...

Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de pronto en esa obscuridad amiga, al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un miedo que no sentía –estoy seguro– desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una presencia enemiga y difusa; y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo, allá en un rincón, sin rubor alguno.

No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin apetito, los restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.

De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.

Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir; y luego, todo, todo era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva.

A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor cubrían...

...Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos, puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal, un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta, muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.

La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie y asiéndome de las adarajas pude llegar hasta su ápice.

No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a agobiarme con una honda desolación cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se dirigía a mí.

No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.

Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos en voz baja, no me atreví —ignoro por qué— a levantar la mía.

Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo el vino...

De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama o de Seboim.

Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como peligroso.

Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían a la ciudad como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.

La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. ¡Y en qué estado venían! Nada como ellos revelaba tan lúgubremente la catástrofe.

Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares, en una desproporción de cómicos a medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre —todo aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.

Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también, hasta que sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a rugir.

Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna divinidad obscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cuotidiano, el cielo eterno, el desierto familiar, ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir, más espantoso. El transporte de su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de donde había estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban ciertamente algo a la cosa tremenda que causaba su padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cual comentaban el horrendo secreto de la catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno silencio, la eterna sed...

Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más compacto, más pesado que nunca.

En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se desbandaban buscando abrigo bajo los escombros.

Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.

Mientras mi compañero abusaba de la bodega —por primera y última vez, a buen seguro—decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que servía para efectuar su limpieza.

Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar apenas turbado por la curiosidad de la muerte.

El agua fresca y la obscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia de rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.

Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta del sótano, el característico tufo urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y...
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26.2.09

El Legado Valdemar - 03

© 2009, Gerardo Horacio Porcayo
III
Para alguien que sufriera jaquecas terribles durante un largo periodo, para alguien que en un tiempo usara y hasta abusara del láudano como único solaz posible antes de conocer la ciencia magnética, aquel lugar, de entre todos los que visitara, aparecía ante mis ojos como el más vil y degenerado. Tómese una casa de citas del puerto, una hospedería de baja estofa, un bar de mala muerte, súmese y tendrá una idea apenas aproximada de lo que percibí apenas pisado el vestíbulo.
Seres devastados, entre mujeres de escasa y luída vestimenta, entre mesas desportilladas y sillas desvencijadas. Y, más adentro, camastros piojosos con hombres delirando a la luz de escasas lámparas de aceite, quizá hasta de semen de ballena. El aroma era vomitivo y, aún así, era posible distinguir el tenue picor del opio. Del humo de opio, he de agregar.
Nadie, además, parecía supervisar el flujo de clientes. Ningún camarero, ningún sirviente se me acercó mientras deambulé en busca de Theodore L...I. Casi había aceptado mi fracaso cuando descubrí la escalera al sótano. Mientras descendía, traté de recordar la fecha de aquel recorte que el estudiante atesorara; sin éxito. El grado de deterioro de aquel ambiente subterráneo sugería años desde la nota que reseñaba su inauguración: paredes escarapeladas, mohosas, camas rotas, utensilios oxidados, más lámparas de grasa animal; olores a mugre añeja, a sudores, a sexo.
En el rincón más profundo, di al fin con Theodore. Yacía desnudo, en un estado de profundo delirio, al lado de una mujer de carnes exiguas que apenas conseguían disimular el contorno de sus huesos. En su cara aún eran visibles restos, vestigios de una increíble belleza. En ese instante todo quedó claro: Theodore la añoraba a ella, no al local en sí. Muy probablemente asistiera al estreno de ese sitio y sus fantasías se arraigaran a aquella fémina en su época de esplendor. Ahora, ante los recientes eventos, desesperado, el láudano fue su motivante y ella, un complemento circunstancial. Uno que, quizá, en un estado menos alterado, le hubiese resultado repulsivo.
—Theodore —le dije, sacudiéndolo por el hombro. La mujer levantó sus enormes párpados de sombras oscuras y corridas. Su cabello era un amasijo amarillo y muy poco aseado que se erizaba en todas direcciones—. Theodore...
—No quiere que lo molesten —advirtió ella, con un bostezo, estirando su cuerpo apenas cubierto por lencería gastada y medias rotas— y pagó, también por eso.
Ignoré a la mujer y continué mis esfuerzos por regresarlo a sus cabales. Ella se incorporó. Durante cosa de medio minuto trató de acallarme, en voz baja. Insistía en alejar mis manos, en mantenerme apartado; finalmente, ante la inutilidad de sus afanes, dio media vuelta y con alaridos empezó a llamar al administrador.
No me queda la menor duda, fueron esos gritos los que consiguieron el milagro. Theodore buscó a ciegas, con las manos, el cuerpo de su compañera; abrió los ojos y se encontró con mi rostro. Su semblante mostró no sólo desencanto, sino una gran contrariedad en cuanto logró identificarme.
—Ha vuelto para seguir atormentándome, ¿no es así? Ya no le basta con meterse en mis sueños... ¿Ahora qué quiere que hagamos? ¿Qué nueva labor abyecta tiene preparada para mí? ¿Y donde están sus queridos colegas, dónde esos estúpidos matasanos?
—No estás bien, Theodore...
—¡Ah, al fin se percata!... ¡Claro que no estoy bien! ¡Nada bien!, por eso estoy aquí.
—Un hospital quizá...
—Serviría para sacarme de enmedio... Para nada más.
Sus frases eran en exceso coherentes. En nada se asemejaban al cuadro que mi mente construyera.
—Nos preocupas.
—¿A usted y a los doctores...?
—No, a mí y a tu casera.
—¡A usted sólo le preocupa su prestigio! A los doctores ni eso... Si no hubiera ido al diario, usted seguiría tan ausente como la semana pasada —en ese instante me alcanzó el rumor de pasos apresurados, de numerosos pies en las escaleras.
—¿Qué les dijiste? —urgí. La mujer me había advertido de los servicios contratados por L...I, ya no me quedaba más tiempo para la diplomacia— A los de prensa, ¿qué les dijiste?.
—La verdad, sólo la pura verdad. Me cansé de interceder por ustedes, de justificarlos... No he mentido, sólo les conté la verdad, sin atenuantes ni explicaciones. Sólo la verdad.
En ese instante una mano enorme me tomó por el cuello y me arrojó hacia un costado. Caí de bruces, golpeándome la cabeza contra una mesita llena de implementos para el uso del láudano. Apenas había conseguido sostenerme sobre los codos, cuando la misma mano me aferró de la espalda del saco. Fui transportado en vilo, como un chiquillo latoso por su padre, y arrojado contra el primer peldaño de la escalera. Mis manos se despellejaron contra el filo de madera, tratando de proteger mi rostro. Giré, para continuar mi defensa, para ofrecer componendas. Apenas si logré distinguir el borrón de una suela.
Y no supe más de mí. No, hasta el siguiente día.

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19.2.09

El Legado Valdemar - 02

© 2009, Gerardo Horacio Porcayo
II
Durante la escritura de las anteriores páginas, al fin, he podido visualizar algo evidente: si mi primer informe resultó frágil e insuficiente, este lo sería más en su corta amplitud, por el enorme cúmulo de sucesos a reseñar.
No debe sorprender, pues, al lector, el posible cambio en el tono en mis palabras. Esto terminará siendo más que un informe o una crónica, la suma de ambos géneros. Una suerte de mixtura que algunos podrían confundir con simple narrativa y, por ende, con hechos ficticios.
Lo que seguiré relatando, quiero reiterar, es el compendio más objetivo que puedo lograr, sobre los eventos que mis esfuerzos como magnetista desencadenaron.
Experimentar con cuerpos humanos, con hombres, no es una labor simple. No importa cuánto nos repitamos que todo es a favor de la ciencia y, en consecuencia, a favor del género humano. Queda un resquemor, una zona de inquietud, de sozobra que parece apoderarse para siempre de nuestras anatomías.
Una semana entera sufrí los embates inmitigables de aquella última escena. Cerrar los ojos suponía volver a mirar aquel recinto, esa zona donde la muerte concentrara sus ataques en un solo y definitivo golpe que derritiera, licuara por completo el cuerpo de Ernest Valdemar, como si fuese de cera.
Poco dormía y los efectos de ese artificial insomnio hicieron de inmediato mella en mi desempeño. Ocho días después, me descubrí con un permiso indefinido para recuperar mi salud, uno que, he de precisarlo, más sonaba a despido. Algo, dentro de mí, parecía satisfacerse con tal noticia. Un premio, un ajuste de cuentas del destino. Un castigo por mis actos criminales.
Estaba en cama, justo cuando tal pensamiento cruzara por mi mente y, en ese especial encadenamiento de ideas, descubrí al fin la sensación que me invadía, el mismo origen de mi mal.
Cierto, acudí a Ernest Valdemar en el momento previo a su muerte y con su expreso consentimiento. Mis actos no precipitaron tal evento, de hecho lo pospusieron. Pero esa escena de vertiginosa putrefacción había transformado sensiblemente los hechos llanos en mi consciencia, adjudicando a mis pases, a mi desempeño todo, el movimiento de un puñal, de un arma de fuego. O, para decirlo de una manera más clara, una parte de mí, se culpaba por su deceso. El sólo comprender ese detalle, hizo que todo cambiara y antes de darme cuenta, me quedé dormido.
Doce, quince horas después abrí los ojos, reestablecido, reconfortado por ese largo y necesario reposo y dediqué el fin de semana a reflexionar sobre los procesos mentales.
Resultan en exceso inocentes quienes ponen en duda la validez de la ciencia magnética o mesmérica; en el mundo, en los hechos diarios, el magnetismo es una fuerza natural cuyos procedimientos apenas estamos conociendo. El licuamiento de Ernest Valdemar había actuado como un pase sugestivo a mi mente. Un contra-pase personal era preciso para salir de tal influencia de efectos dañinos; uno que conseguiera dar, de manera accidental e imprevista, en la hora de mi mayor autoconmiseración.
Reflexioné sobre las anécdotas criminales, las confesiones de asesinos, las crónicas de nuestros soldados. Existe siempre en ellos un umbral, podríamos llamarlo, de lucha contra el influjo o magnetismo de la sociedad. Robar la primera mercancia, matar a la primera víctima, disparar sobre el primer enemigo constituyen el paso más difícil. Quien comete tales actos ha de lidiar con su memoria, con su culpabilidad, hasta encontrar el pase personal que lo libere del magnetismo social y/o moral. En este sentido, el soldado es quien tiene que realizar a mayor velocidad tales operaciones. Y digo tiene, porque en verdad se ve compelido a ello. La suya es una actividad en el límite: ha de matar, o ser matado. Y el frenesí de la supervivencia suele entenderse como el ardor de la batalla o, en su caso, la alegría del triunfo
Pero estoy alejándome del tema que en verdad me preocupa abordar. Las anteriores reflexiones, incluidas en algo así como cincuenta páginas más detalladas de un tratado que intitulé “De las fuerzas magnéticas en la vida cotidiana”, debieran seguir en mi casa de NY. Considero este escrito, para todo fin práctico, como mi testamento y doy autorización plena para su publicación, si es que aún pueden localizarse, si es que el producto de aquel fin de semana no ha sucumbido a esa serie de conspiraciones que estoy a punto de relatar.
Sábado y domingo, pues, los dediqué a la escritura de tal documento. El lunes desperté con la satisfacción de haber logrado un avance importante en mi ciencia. Releía mi manuscrito cuando llamaron a la puerta. El hombre me era del todo desconocido, pelirrojo y lleno de pecas, ni siquiera me dejó emplear mis fórmulas de cortesía, sin más, puso frente a mis ojos el titular de un diario. Y luego otro y hasta un tercero.
—El doctor F... le agradecería su inmediata visita —dijo, al fin, con el tono de la servidumbre acongojada por sus deficientes desempeños, y agregó:—, si gusta acompañarme, creo que sería lo mejor. Lo busqué en su trabajo y el viaje hasta aquí ha hecho que perdamos un tiempo precioso.
—En un momento —respondí, mostrando mi ropa de dormir. Me llevé los diarios a la cama y los fui revisando, apenas por encima, mientras me vestía. A cada salto de párrafo, a cada descubrimiento, la angustia del pelirrojo se me esclarecía aún más.
El caso del señor Valdemar ya era del dominio público gracias a las indiscreciones de Theodore L..I, de aquel estudiante de medicina que me asistiera y a quien, debido a mis propias congojas, no había tratado de contactar a lo largo de más de una semana. El tono de las notas era escandaloso en exceso e incluía declaraciones de vecinos que miraran el transporte del féretro al carruaje, además de una rápida investigación sobre su inexistente tumba.
Confieso que si tales noticias me hubieran alcanzado tan sólo tres días antes, el tono de mi primer informe hubiera sido por completo distinto. En ese instante, lo único que sentía era una profunda indignación por la imagen que de nosotros se vertía a lo largo de aquellos periódicos. Criminales, asesinos, asaltatumbas, todo, menos científicos.
En el carruaje, a un costado de W..., el sirviente pelirrojo, iba ya pensando en el tono que debería imprimir a mi informe y en la mejor estrategia para darlo a conocer. Tareas todas que, estaba seguro, los doctores F... y D... apoyarían como si ellos mismos las hubieran ideado. Todas mis prospectivas, sin embargo, demostrarían ser insuficientes.
El doctor F... esperaba hosco, impaciente en un pequeño cuarto que le servía de estudio. Un solo librero atestado de volúmenes viejos, desgastados cubría la pared oeste; el resto de los muros estaba lleno con diagramas anatómicos de cada centímetro del cuerpo masculino. Uno en particular atrajo mi interés, un conjunto de sobreimposiciones de papel, ubicado sobre la única ventana, cubriéndola en su totalidad y consiguiendo con ello transparencia: los distintos pliegos permitían una mirada completa al sistema humano, pero, sobre ello, un estrato más tenue, de trazos informes, líquidos hacía más tétrico el conjunto y conseguía llenar de sombras insólitas el recinto con las luces que apenas dejaba filtrar.
—Por lo visto, usted no se da cuenta de la magnitud de nuestro problema —masculló el doctor F... desde su escritorio, atalayado tras volúmenes abiertos de apariencia nueva—. Hace más de cuatro horas la noticia circula por esta ciudad. ¿Necesita un citatorio de la policía o acusaciones formales de la comunidad médica para empezar a actuar?
Le expliqué, entre inesperados tartamudeos, el tenor del informe que ya había planeado. Apenas si movió una ceja, antes de levantarse y descolgar su abrigo.
—Eso no será suficiente, pero adelante, inténtelo... —aceptó la asistencia de su ayudante para arreglar su cuello y corbata. Ya en la puerta, agregó— Hubiera bastado con supervisar al cobarde de su ayudante o con no tenerlo. Es imposible confiar en la juventud... ya debería saberlo. W... se quedará a su servicio, le ayudará con las copias y la distribución a todos los diarios. Si se apresura lo suficiente, tal vez podrá aparecer en la edición de mañana. No se moleste en esperarme, a mí me aguarda una labor muchísimo más ardua que la suya. A mí y a D...
Gasté el resto de la mañana en escribir mi primer informe, ese que prácticamente diera vuelta a todo el mundo. Me llevó toda la tarde preparar, aún con la ayuda de W..., las copias suficientes. Cuanto más se acercaba el ocaso, la habitación parecía inundarse más y más en una suerte de légamo amarillento, uno que amenazaba con asfixiarme. Me encaminé hacia ese diagrama que hacía las veces de cortina y, a punto de arrancarlo, se me hizo evidente su significado de múltiples capas: aquello pretendía reproducir, poner en contexto las distintas partes anatómicas de Valdemar, tras su abrupta corrupción.
Imaginé la empresa de F... y D..., su diálogo forense con aquellos restos putrefactos. Imaginé más, a Theodore L...I, asistiéndolos en su labor. Ganando miedo.
He de confesar que a partir de ese instante mi velocidad de transcripción quedó reducida a más de la mitad y W... hubo de esperarme casi media hora a que acabara mi última copia.
Nos despedimos en la calle. En W... recaería toda la labor de visita a los diarios. Por mi parte, me encaminé hacia la pensión de L...I. En ese instante ya dudaba de la efectividad de mi informe. No alcanzaba a delimitar el alcance de los relatos de L...I, ni el tenor de estos. En ese sentido, las palabras de F... parecían adquirir mayor profundidad. Algo había visto ese muchacho en los procedimientos de aquella pareja de doctores, algo que superaba los sistemas médicos tradicionales. Si bien, durante la vigilancia al cuerpo de Valdemar, tuvo instantes de flaqueza, jamás ninguno de ellos se acercó siquiera a la cobardía.
Durante calles y más calles deambulé con esas ideas derivando en la cabeza, de manera que, a mí mismo, me sorprendió descubrirme frente a la dirección exacta.
Llamé a la puerta, de forma insistente. La pensionista, luego de un prolongado periodo que casi me convenciera del vacío de aquella casa, abrió con modales bruscos y la mirada indignada. No esperé el inicio de sus quejas, le expliqué de inmediato la naturaleza de mi visita y relación con L...I.
Su cara, al fin, fue relajándose o, más bien, cambiando del enojo a la preocupación. Con palabras maternales me relató una semana de sinsabores. Theo, como lo llamaba ella, recorría la casa por la noche, en un sonambulismo extremo que terminaba siempre con gritos, justo bajo la escalera, tras abrir un baúl de vieja madera. L...I, al parecer despertaba siempre en ese instante, pero una parte de su mente no conseguía salir de tan funesta pesadilla. La pensionista, invariablemente acudía a su lado, lo conducía a su cuarto, lo arropaba y acompañaba hasta la madrugada., hasta ese instante en que la luz le daba la paz suficiente para descansar apenas una hora antes de asistir a sus clases.
De acuerdo a sus declaraciones, ese despertar ocurría al filo de las tres de la madrugada y era ese el único momento en que se veían, ahora que él tenía trabajo, exceptuando el sábado por la noche cuando pagara no sólo el mes de retraso por su hospedaje, sino, incluso, el que estaba en curso. La escena sonámbula se repitió con exactitud y desde esa mañana del domingo, tras dejarlo en su lecho, no lo había visto más.
Ante mi insistencia, la mujer me mostró el cuarto de L..I y pude quedarme, luego de unos minutos, un rato a solas mientras ella atendía la puerta. Entendí en ese momento que su enojo era producto de la falta de sueño. Entendí más, tras revisar los pocos papeles que el muchacho dejara sobre la mesa de noche; un recorte de periódico señalaba su paradero: se trataba de la crónica de la apertura de un nuevo local para degustar láudano. La dirección estaba subrayada, encerrada en círculos, como si cada noche la mirara, procurara aprenderla y soñara con el instante en que la mítica efectividad de ese licor calmara su angustia.
En vano busqué su diario, algún cuaderno que resguardara sus memorias. Sin embargo, tenía lo suficiente para continuar una búsqueda que, a cada instante, parecía más indispensable.
Me despedí de la pensionista en la sala, quien atendía a un nuevo y probable huésped, asegurándole mi compromiso de encontrar a Theo y ayudarlo con sus problemas.
Ahí, bajo la luz de gas, en la calle, entre el frío y la soledad, el peso de aquella historia me alcanzó en todas sus dimensiones y, nervioso, con los miembros vibrantes fui tras los pasos de L...I.

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11.2.09

El Legado Valdemar - 01

© 2009, Gerardo Horacio Porcayo

I
He de advertirlo desde el principio: no albergo esperanzas de que esto pueda ser leído con objetividad o siquiera alcance las manos de autoridades competentes, hombres de ciencia o periodistas honestos.
Lo escribo como último recurso, en la hora más desesperada de mi despertar, en este instante en que ningún otro camino parece optable, consciente de la paradoja que esto implica.
Y digo paradoja porque el lector enterado probablemente recuerde mi anterior informe sobre los extraordinarios hechos acaecidos en torno a la muerte del Señor Valdemar. Texto que yo proporcionara a la prensa para acallar una serie de rumores denigrantes y contraproducentes no sólo a la figura del finado Ernest Valdemar, sino, incluso, al prestigio de la comunidad científica de aquella ciudad de Nueva York donde residiera desde 1839 hasta su muerte.
El propósito de estas palabras, pues, no es aclarar pasados malentendidos; de hecho éstas se constituirán en arma de doble filo, pues si bien dan noticia fiel sobre los sucesos posteriores a su segundo y efectivo deceso, también agregan materia para la controversia y el nuevo rumoreo.
La muerte, he de afirmar, a riesgo de parecer demasiado filosófico, constituye una de las fronteras más contundentes, si no tangibles, que posee el hombre. Y fue esta línea divisoria, precisamente, la que más sufriera con mi anterior escrito. El cese de la existencia quedó en entredicho, en el momento mismo en que mis experimentaciones con el magnetismo me llevaron a hipnotizar al señor Valdemar in articulo mortis. y éste a sobrevivir, corpórea y hasta intelectualmente, siete meses después de certificado el cese de todas sus funciones vitales por los doctores F... y D... Circunstancias todas que propiciaron ese clima de murmuraciones extremas que no supe atender.
He de circunscribir, en este sentido, el fracaso de mi anterior informe: se limitaba a atender los puntos de interés acordes a mi especialidad pero dejaba de lado todos los concernientes a las preocupaciones del vulgo, localizadas en áreas cosmogónicas y poco vinculadas a las ciencias y fue desde esas mismas regiones, afines a lo supersticioso, que las miradas curiosas descubrieron el hecho llano: los restos del señor Valdemar no recibieron cristiana sepultura y su supervivencia intacta, como cadáver parlante, sugería un contacto efectivo con el más allá. Uno que mi informe parecía soslayar con meticulosa asiduidad.
Puedo asegurar, sin cometer el mínimo asomo de perjurio, que nada semejante acontenció, tal contacto fue en exceso limitado. Inmiscuido en sus propias problemáticas, atrapado en lo que podríamos llamar el umbral entre la vida y la muerte, el señor Valdemar poco atendía a mis preguntas de exploración analítica. Y, menos aún, agregaba comentario alguno sobre el más allá.
Resultaría pedante afirmar que en ningún momento hubiera surgido mi curiosidad hacia esas temáticas; su misma voz cavernosa, la tesitura gomosa de su tono sugería, a mis propias supersticiones, una procedencia allende lo material. Mi mente, como ya lo advertí, se centraba, en cambio, en análisis de orden demostrable, explicable mediante el método científico: a tales peculiaridades de su habla, por ende, atribuí como origen la misma decrepitud de la carne (detenida en el estrato previo al rigor mortis), el cese de tránsito de fluidos, la carencia de aire en los pulmones, todo ello daba como síntesis un distinto articulamiento fónico.
Por esta misma razón, urgí a los doctores F... y D... a realizar cuantas exploraciones y mediciones les sugiriera su profesionalismo. Los orienté, incluso, hacia mis propias hipótesis de lo que acontecía. Actitud científica que hoy repruebo, a la vista de las actuales evidencias.
Siete meses yació el señor Ernest Valdemar en la misma postura, en el mismo lecho, sin que sus miembros, su espalda, algún área anatómica sufriera los mínimos efectos deteriorantes observables en cualquier paciente de hospital incapacitado para la movilidad. Ningún hematoma, ninguna zona de aguzado tejido necrótico fue perceptible. Para todos los efectos, su cadáver, todo su ser parecía encapsulado en una cámara de hielo. Momificado en semivida.
El lapso de estudio pudo reducirse si nuestra investigación no fuera de orden furtivo. Cada uno de nosotros hubo de proseguir con las responsabilidades propias de su oficio y sólo nos turnábamos, en horarios discontinuos de escasa coincidencia, para visitarlo y continuar nuestros exámenes de aquel efecto magnético.
Una extraña camaradería surgía, entonces, entre los cuatro. Cuando la moral, la espiritualidad orillaban a alguno de nosotros a la idea de suspender de cuajo el experimento, los otros estaban allí con nuevos argumentos, promesas científicas de aplicabilidad al área de la salud que nos hacían de inmediato desistir.
Nada, por ende, parecía constituirse en efectiva censura. Nada, sugería sondeos en direcciones distintas a las que comentábamos en cada oportunidad que los horarios nos permitían concurrencia, consenso y debate.
Hoy, a tanta distancia, he vuelto a mi original informe, tratando de distinguir la razón que nos llevó a despertarlo. No aparece ahí, ni en mi memoria. Apenas si señalo, en mi anterior escrito, que el señor Valdemar jamás se quedó del todo solo: una pareja de enfermeros, hombre y mujer, contratada por los doctores F... y D..., se encargaba de vigilarlo de manera continua; registraba en una bitácora sus horas de llegada y salida y las lecturas isométricas de su estado. Isométricas porque, he de reiterarlo, el paciente no presentaba cambio alguno con el paso de días, semanas y hasta meses.
Jamás, en aquel momento, se me ocurrió pensar en una agenda secreta, paralela, como los diarios de Colón, el descubridor de nuestra América, llevada única y exclusivamente para los verdaderos patrones de los enfermeros.
Jamás sospeché, tampoco, que tal agenda secreta fuera compartida por el escaso círculo externo de médicos y magnetistas que invitáramos a presenciar el milagro del influjo hipnótico in articulo mortis. Nada tan descabellado pudo pasar por mi cabeza. Ese pequeño grupo de científicos representaba la crema y nata de la comunidad intelectual. Destacados por su mente abierta y su ansia de explorar nuevos horizontes, su profesionalismo parecía asegurar una plena confidencialidad y un continuo aporte retroalimentativo. Pero, tal vez, las mismas características positivas funcionaron de manera inversa en este caso.
Jamás, ni a mí, ni a Theodore L...I (el mismo estudiante de medicina que me asistiera durante la hipnosis definitiva al señor Valdemar), nos nació recelo alguno, por eso nos resultó imposible distinguir la fina red en que los mismos doctores F... y D... nos fueron envolviendo desde el principio hasta la provocada, sugerida interrupción del experimento.
A todos los efectos, en mi anterior informe, en mi memoria circunstancial, la decisión fue mía, aunque aprobada de forma grupal. Una que buscaba finalizar esa pausa abrupta al proceso biológico que yo iniciara.
He de recordarle al lector que fue un viernes, cuando, acompañado por mis tres colegas, empecé a realizar los pases acostumbrados para despertar al hipnotizado. Nuestras hipótesis sobre lo que podría suceder en ese instante, se habían multiplicado durante los no escasos debates. Secretamente, ya dudaba de cualquier posible efectividad y quizá esta actitud mental hizo difíciles, ineficaces mis primeros intentos. Ya he relatado, en mi anterior informe, que fue un movimiento ocular el primer indicio de una efectiva influencia. En cuanto se pusieron en marcha sus músculos, de abajo de los párpados, un fluido amarillento, pestilente, que hoy no puedo dejar de vincular con la pus, empezó a descender de manera profusa por sus pómulos.
A la puesta en práctica de la última propuesta del doctor F..., de interrogar al señor Valdemar sobre sus sentimientos o deseos, su voz, su horrenda voz volvió a sonar en todo el recinto con esas palabras que los diarios difundieran hasta el cansancio:
—¡Por Dios!... ¡rápido!... ¡rápido!... póngame a dormir... o, ¡rápido!... ¡despiérteme!... ¡rápido!... ¡Le digo que estoy muerto!
Todo intento de volver a hipnotizarlo, de estabilizarlo otra vez en un estrato único de deterioro, fracasó. Su voz, repitiendo una y otra vez una única palabra, tampoco ayudó a mi integridad:
—Muerto... Muerto... Muerto...
Sin cesar, sin que la agudeza de su significado dejara de impactar en mis ánimos; completé de manera casi automática los pases para despertarlo del todo. Y cualquiera de mis hipótesis o las de L...I, se vinieron abajo en esa acelerada secuencia que los diarios también se cansaron en difundir: la rápida, insólita sepsis de ese cuerpo que, en un minuto o menos, se pudriera hasta alcanzar ese estado coloidal, esa masa casi líquida que nos dejara a L...I y a mí paralizados.
Sólo a Theodore y a mí, he de recalcarlo. Nada parecía plausible. Ni la instantánea licuación del Señor Valdemar, ni la acompasada, vertiginosa labor de grupo que los doctores D... y F... junto a la pareja de enfermeros mostraran en aquel instante: de la nada, de algún rincón oculto, frascos de apariencia pulcra fueron traídos y alineados al borde de la cama. La pareja de enfermeros empezó, con espátulas, la tarea de recolectar cada muestra de lo que alguna vez fuera un hombre.
A mis preguntas, mis muestras de sorpresa sobre lo que ahí sucedía, el doctor F... se apresuró a dar una simple exégesis: los restos mortuorios debían permanecer lejanos de todo féretro. Resultaba preciso un extenso análisis sobre ellos. Uno que explicara el espectáculo de la carne en acelerada corrupción. Como miembros de la medicina y la ciencia forense, una oportunidad como esa no debía desperdiciarse. Estábamos en el umbral de un nuevo conocimiento y mis precauciones anulaban de entrada cualquier obstáculo.
He de recordarle al posible lector que ningún pariente, cercano o en segundo o tercer grado, tenía en América el finado. Había elegido precisamente a Ernest Valdemar por esa especial circunstancia. Una que fue de inmediato aprovechada por el equipo médico, en representación, ahora lo sé, del mismo grupo de intelectuales forenses a que originalmente perteneciera el fallecido. De todos era conocida la autoría del señor Valdemar de la Bibliotheca Forensica, pese al uso del seudónimo Issachar Marx.
Siete meses de debates, de constantes reportes les habían convencido de que los restos proporcionarían novedades inigualables a su disciplina. Siete meses de planeamiento desembocaron en frascos y, más tarde lo supe, en un féretro de cierre hermético que hábilmente ocultaran de nuestra vista. Artículos todos preparados de acuerdo a las diferentes hipótesis ensayadas por ellos.
El suyo fue un desempeño exitoso, profesional desde cualquier arista porque, para evitar preguntas, ofrecieron un empleo como ayudante a L...I y un puesto, dentro de su particular círculo de investigaciones, a mí.
Mientras tales argumentaciones tejía el doctor F..., los enfermeros, supervisados por el doctor D..., se dedicaron a transportar los frascos al carruaje que ya esperaba a la puerta, con una seguridad de coreografía practicada.
Lo último en abandonar aquel recinto fue el ataúd. Uno de diseño tradicional cuyas características particulares más tarde analizaría a detalle.
Mi respuesta en aquel momento, ahora puedo verlo, fue en exceso pasiva. Es cierto que mi experimento avanzó más allá de mis expectativas pero, también, igual de cierto resultaba otro hecho: acababan de despojarme del control de él.
Todavía, al subir al carruaje, el Doctor F... aseguró que pronto tendríamos noticias suyas. Y, sin más, lo vimos alejarse, perderse en la noche con su insólita carga de corrupción sellada en cristal. Con esos, los últimos restos de mi amigo Ernest Valdemar.

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